sábado, 27 de enero de 2018

LA SENDA AMARILLA

Olivan Berbusa Ainielle Susin Olivan

Día a día, en efecto, a partir de aquella noche junto al río, la lluvia ha ido anegando mi memoria y tiñendo mi mirada de amarillo. No sólo mi mirada. Las montañas también. Y las casas. Y el cielo. Y los recuerdos que, de ellos, aún siguen suspendidos. Lentamente, al principio, y, luego ya, al ritmo en que los días pasaban por mi vida, todo a mi alrededor se ha ido tiñendo de amarillo como si la mirada no fuera más que la memoria del paisaje y el paisaje un simple espejo de mí mismo.
Primero fue la hierba, el musgo de las casas y del río. Luego, el perfil del cielo. Más tarde, las pizarras y las nubes. Los árboles, el agua, la nieve, las aliagas, hasta la propia tierra fue cambiando poco a poco el color negro de su entraña por el de las manzanas corrompidas de Sabina. Al principio, yo creía que aquello era sólo un delirio, una ilusión fugaz de mi mirada y de mi espíritu que se iría de nuevo igual que había venido. Pero aquella ilusión siguió conmigo. Cada vez más precisa. Cada vez más real y más firme. Hasta que, una mañana, al levantarme y abrir la ventana, vi las casas del pueblo completamente ya teñidas de amarillo


En muchas ocasiones he oído nombrar esta ruta, bautizada como “La Senda Amarilla” en honor al libro de Julio Llamazares, “La lluvia amarilla”. Y por fin, he tenido la oportunidad. Eso sí, no quería dar un paso sin leer el libro antes. Por lo que la semana anterior a la ruta, me dedique a su lectura. Y tuve dos placeres, el disfrute del libro y el gusto de conocer luego en persona los lugares en él descritos.


Y tras recomendaros sumergiros en sus paginas, empecemos a caminar por la senda.


Punto de partida: Olivan. Con dos opciones, sendero o pista. Nosotros elegimos la última.





Aparcamos junto a la iglesia. Paseando por las calles de este pueblo, salimos de él, dirección al rio.





Siguiendo la pista, nos encontraremos con una barrera, aunque hoy esta abierta. Más adelante, un desvío en el camino nos dirigirá a Berbusa, primer pueblo de la ruta.

Tenemos que pasar el barranco de Olivan. Aquí esta la única dificultad de la jornada, cruzar el rio. Si baja poco caudal, vale, pero hoy no es el caso, así que nos toca ingeniarnos un puente. Buscando rocas en los alrededores, podemos alcanzar un árbol caído que nos facilita alcanzar la otra orilla. El día no esta para bañarse. Y tras esta pequeña aventura proseguimos la marcha.
 
 
 

En un rato empezará a aparecer Berbusa, mejor conservado que Ainielle.
 
 
 
 


Paseamos por sus “calles”, nos adentramos por el interior de las paredes que antaño fueron casas, y mientras intentamos no ser atrapados por las zarzas, caminamos para nuestro siguiente destino.



Sin perdida, continuamos. Ahora tardaremos más en alcanzar el próximo pueblo. El camino se adentra en el Sobrepuerto, y junto a nosotros, camina Andrés, protagonista de la novela. Encontraremos una pequeña cascada con una poza a sus pies en un rincón de ensueño. Una parada, una serie de fotografiás y proseguimos.









Paredes de rocas empiezan a aparecer. Y a nuestra derecha, entre los arboles, si prestamos atención, vemos asomar algunas de las casas de Ainielle. Sabemos que poco queda ya y justo entonces, la nieve hace su aparición en el suelo. Blancas alfombras nos conducen tras una amplia curva hasta el pueblo donde pasaron sus últimos días Andrés, Sabina y la perra.
 
 
 
 



Que sensación siento al pasear por estas calles. Parece que Andrés se haya escondido tras vernos llegar, como hacia cuando veía acercarse a alguien.






Aquí esta nuestra parada principal. Nuestro grupo se adentra por los restos peleando con la maleza, mientras yo les hablo (o les atonto la cabeza según se mire) con el relato de la historia de Llamazares.




Quiero llegar al molino, y aunque la bajada es interesante, sabemos que luego la vuelta nos pesará. Pero la verdad, no nos lo pensamos dos veces.




Tras la fatigosa ascensión, buscamos un lugar para el avituallamiento de la comida.


Con pena, tenemos que proseguir. Siguiente destino, Susín. Volveremos un tramo sobre nuestros pasos, hasta el desvío, que nos conducirá a una pista.


En Susín, el panorama cambia. Hay casas en perfecto estado de conservación ya que en temporadas son habitadas. Además, en ese momento, están llenas de vida, por lo que parece, es el momento de relax de cazadores, que están cogiendo fuerzas.
Mención especial a su iglesia, que hace que nos detengamos un largo rato, para contemplarla desde fuera, y sin faltar un amplio vistazo a su interior.





Poco queda ya de camino. Abajo, podemos ver asomar ya a Olivan. Tras acercanos a la ermita, desde allí emprendemos la vuelta.




En poco más de media hora, ya estamos en nuestro vehículo. Un día genial, como no, tanto por el entorno del Sobrepuerto, como por los pueblos visitados, pero sobre todo, por los compañeros de camino, que son los que ponen la guinda a la jornada.


Como colofón final a mi experiencia de la “Senda Amarilla”, la lectura de otro libro, “Ainielle. La memoria amarilla”, de Enrique Satué. En este caso ya no es ficción, sino la verdadera historia del abandono.








 

 

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